Las personas opinan, proponen, aseguran y sostienen, los amantes comprendemos y cantamos, quizá ocurra ésta tarde a las cinco, pero no hay preguntas, solo misterio, en general sé que te has ido, pero como la muerte, en algún lugar del amor dentro de ti estaré, y andando el silencio interno de tu pelo, lograré pedazos tuyos para habitarte en las huellas de un poro, y esa ortiga que se cuela en las palabras que escribo, y ese amor situado con nosotros, tan púdico cuando se desnuda y no se reconoce, no sé si será siempre el que usamos en la mirada, el mismo que nos saluda tan frágil, hecho de estrellas y sílabas de piedra, todas las razas oscuras que viven en mis labios te acarician el muslo, hoy gastan sus besos en la hermosura de tu piel, y después se quedan, como ceniza fría en el recuerdo de un resplandor secreto, como para significar ese único sueño que no asistirá a nuestro entierro, con un único final bajo tierra, es muy posible que nos rieguen personas comunes, que seamos esqueletos que bostezan en sus vigilias, que se nos pudra la ternura... y allí... con nuestros cuerpos abandonados, grite la suavidad: "he perdido la vida", y mi pecho investigará entonces tu clave inmortal, esa que ahora se desliza en la soledad de mis huesos, somos nuestros siglos recordados en la soledad de un microbio, la pleamar mientras dure el instante de presión de nuestro corazón en un muro, vicios sin desmayo, por no ser tan otros cuando todo se parte con nosotros, somos la puerta minúscula de una descarga que nos funde, el sexo de la alegría en una lágrima, somos reincidentes rodeados de átomos sulfúricos, la espiral de nuestro epicentro genital en lo erótico, y tú, Rocío, eres el dolor que yo puedo apagar desde dentro de la tristeza, puedo, sentado, untarme a tu sufrimiento... y quedarme así, íntimo, sólo para drenarte, para saber dónde se aposenta aquello que soy en ese silencio mío que está contigo.