La noche relampaguea en tu corazón y eso es amor, es notar en las calles el olor de mi ombligo, amar es llegar al centro de mi adentro en tu afuera sin una máscara en la mano, dame un momento todo el año y haré con él rizos donde poner tu corazón, amarte es darte sombra por detrás de la música que escuchas, y meter mis besos, para que caigan en tus palabras y entonces sean el sentido de tus labios, un quererse de leche, para que no haya cortocircuitos, sólo una mayúscula desinfectada por el olor de tu alma, apta para toda abstinencia de preñez ortográfica, andas con mi memoria abierta puesta en una ventana, con nada puesto en la nada, y el deseo se posa entonces, y te deshaces a la entrada del clima en mi boca, te sales, con mi saliva en tu lengua afrodisíaca, la alegría llora en un no de tristeza, la palpa y la respira, se enarca y desfallece, un susurro seco sale, tantea, en sus ojos hay un pecho calcinado, algo me arrastra a mi contigo que eres en mí, algo se derrite y se evade, hueles a latido que flota, ¿ qué nueva vejez nos espera recorriendo a zancos un tiempo rasgado en el moho de nuestra eternidad ?, el tamaño de tu ternura es el sonido de mis estrellas, en las orillas de tu pelo inmovilizas mi roce, tiemblas, entonces la tarde se abraza al suelo para decirme tu nombre, cae tu voz en el silencio de otra madrugada, se inmoviliza lo eterno, se llena de humedad, la realidad es su único milagro, y el sexo regresa, de cacería se pone en tu mano, y espera hecho mariposa, se adormece, caldea, está nevado, cálido pierde vida girando en tu piel, soy yo quién es el rebelde de tu dura cadera, yo el atormentado, el prójimo redondeado en la delicada turgencia de tu espasmo en el pubis, y me tiemblas ahora como una hojita de poros perfectos, me miras, callada, sin nombres todavía, por eso me gimes en la mirada.