martes, 16 de julio de 2013

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Emerger por el color de tus pasiones, arrojar piedras con olor a deseo, despertar desde el fondo de tu cuerpo a una reina muerta de aromas, buscar el centro puro de los ruidos en tu orgasmo, acariciarte una risa diminuta sobre los pechos, meter, con la mano, a esa delicia nuestra que se pierde entre sábanas al hacerlo, y después... explicarnos aquel bálsamo desconocido, apretado en un beso, y con silencio muerto, dejar caer nuestras cabezas sobre la almohada, cubrirnos los pies entrelazados entre roces secretos, escucharnos después los quejidos del pulso, secarnos los alrededores del corazón allí donde éste no sabe llorar, impregnarme del techo del mundo con gotas habitadas por ti, y derramarlas después, quemadas de dulzura, sobre tus párpados, colmar tus manos crispadas con mis certezas de aire, dejar que nos penetren por los poros para que nos lleguen poco a poco a los huesos, y así soltar nuestra memoria, y sin náuseas dejarla estirada en un rincón cualquiera, quedarse, en el suelo del alma, latentes y abiertos, tocarse con sexos quebradizos, nuevamente agitarse, hablarse, callados, sin descanso y con saliva, para seguir de nuevo en el paladar socavado, ahora me acaricias, mi talle se activa, pon tu boca en mi boca, quiero ser el rehén de las ventanas de tu cuerpo, crecer en ti, vivo, para hundirme en tu ansia elemental, no contengas tu cintura en la urgencia amplia, guárdame en el oleaje de tus piernas, sólo tú das viento líquido si me mueves por última vez, estamos lavándonos el mundo, y nos salimos de las cosas en muchos sitios, precisamente aquí, ahora, quiero escribirte, dejar estas cartas para que se despierten en tu pensamiento, quiero latirte con ellas depositado en tu corpiño, porque hay un néctar en el sueño que nunca despierta, y no lo conoces, pues nace y muere cada día con el paso de tu amor, tú, que no comprendes los dibujos de Alicia en el país de lo ya visto.