Su voz se sienta en mi corazón y provoca lágrimas en mis recuerdos, con su noche de horas fugitivas, soy el lunático del aire que ya no la camina, que le escribe poemas, que necesita un lugar de su gemido para morir atravesado de presencias, Rocío, plata de azúcar, mi amor oleaje, viento gangrenado en el peso caído de los días, brisa del cuarto que grita, silencio perdido que ahora me pierde, lugar de temblores en una hojita de papel, mi pequeña, mi nube privada, te quiero del todo, y me vengo donde se cierran tus piernas, vida que me besas en otro beso de otra boca que acabas de besar, y yo te acaricio, instante que ya estaba antes de llegar tu instante entrando en mí, no sé como vivir en el revés, al derecho de tu éxtasis cuando mi sombra le da de amar, tócame la corteza de mis sueños, baja a tomarle el pulso a todo en lo que existo, había una vez una tristeza en besos de alcohol, torcida a fuerza de abrazarse a mi alma, y de darte la mano con carita fría, ahora se apena la ternura de la piel en que descansas, y deja cenizas de llanto como reflejos de su olvido, ¿es verdad nuestra plática de exterminio?, dices mis gritos con árboles de silencio, y las hojas se clavan, fugitivas, en un lento asesinato de mi pecho, mientras, tus ruidos circulan por mis huesos, se me suben por las vértebras, inocentes, hablándome del pelo cerca de tu cuello tibio, a lo mejor hay un teléfono que me dé tus latidos, como un grávido vientre que me haga sentir sacudidas en la llanura de tu pulso, pon labios empapados en mi nuevo lugar callado, allí está tu fotografía con su minuto vasto, que brilla hoy de olvido, y vibra cristalizada, para caer tras el horizonte, con su extensa incertidumbre de siempre, en un rostro de rastros, de mundos perdidos, donde veo un lucero llameante, que deja humo y llora, pide comida con olor a saliva, recíbelo, y si lo ves morir... piensa que así se está si no me tapas con tu sonrisa.