martes, 13 de noviembre de 2012

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Nada puede darme la evidencia más palpable de una divinidad que el vientre acariciado de Rocío, desde la muerte espero desenterrarme en aquél lugar con el silencio que conforma su ombligo, quizá me coma entonces, dulcemente, a la luz de un gemido que me cubra en su música, y así, el invierno ya no trepe más por mí, llegar a ser nada más que su adentro polifónico, caído en esa certidumbre sensual, escucharle el sudor en una resonancia de azúcar, sentirle el olor desde las ondulaciones al viento que den sus orgasmos, y en mi deceso, darme silencios con el inconfundible sabor a hembra caminada que vive en su palacio de piel, no será un "es" ni un "estar"... pero con una esponja húmeda atraeré la palabra agua para vivir en su boca, como pueda y quiera, indagaré entonces el peso de su amor, entraré como un espasmo al otro lado del confundirme con ella,  y bajo su puerta abierta, levantaré su falda, miraré su paloma viva de entrepierna, realizaré mi vació absoluto para transformar su olvido en una piedra, la cubriré con un papel de mi mundo blanco, alumbraré con sílabas la jaula vacía donde ella no me encuentra, llenaré con los mapas de lo "dijiste" toda esa cuna aún a riesgo de perderme en su voz, en esa entrada a los vocablos de un aliento servido para que lo hable, y descubriré entonces la imagen del amor entre aquellos paréntesis que se hundieron en nuestras salivas, quiero un contagio abrazado a los bordes de su sueño, y desvestirla para evaluar su ausencia, quiero querer quedarme queriendo irme de la mano con ella, pegarme a sus labios en el vapor y bebernos los vocablos que nunca se unieron, llamarnos tecleando el mundo rosado de nuestras lenguas, presentirnos el chorro enamorado en un amanecer helado, hospedarse allí donde fuimos sin color y sin formas, ahora la distancia es una memoria cerrada, por eso yo hago llamas... para que tú corras hasta mi escritura.