martes, 30 de octubre de 2012

113

Un maniquí arrumbado en la trastienda, es Rocío, adentro de su canción hay un caballo blanco, el frío de mis labios sube el gris a sus ojos, entre mi sed y su mano, sin arrugas, siento la distancia de miles de edificios públicos, un árbol olvidado en la inmensidad custodia mi entierro, ella divisa un bulto a la distancia, se está cogiendo todo lo que creí haber amado intensamente durante toda mi vida.

El vacío sopla. Mi corazón se encierra en los párpados de un muerto.
Se me perdió el nombre que me llamaba. No escucho su lugar porque ese lugar no existe.

"Tantas inmersiones en mis posesiones
-dice la muerte-
pequeño difunto
edén en ruinas
esta necrópolis será el lugar de mi amor si me das una sonrisa
serás tú mi duelo fosforescente
filtra ahora tus brazos en la niebla
tócame el sexo".

Bajo la lluvia, el asfalto pierde su coloración de celuloide sin revelar. Las calles se hunden como un bostezo metalizado.
Serge se parte los huesos en la palabra deseo.

"Tu orgasmo está oscuro y quiero entrar
fuera de mis caderas pregúntame si estás
mi pene es un castillo frío en el jardín de tus delicias
la soledad hunde su rostro en un carro de frases rotas
es tu adiós un serafín... y sobrevuela mi suicidio".