martes, 23 de octubre de 2012

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La muerte no fulminó su coeficiente de ternura. Un ángel arapiento de sacros orgasmos usaba una máscara verde para ocultar su impar_ido pétalo que no era más que el gesto de una hoja.
- La que tatuó su corazón con tus ecos tiene abiertos los labios de su vagina de hembra enjabonada.
- Desde tí misma, te caes y te ocultas en tu antigua sombra.

Entre sus almas siempre nacía un "de repente". Un "antes de irse" que inflaba los párpados de un muerto.

Rocío no salía volando en mis llagadas de poesía. La muerte de Serge, palabra por palabra, era para ella un refluido perdido en un nombre que llamaba.
 
El agua cayendo en el agua, lívida. Es de noche. Y escucho grises que quieren abrir mi puerta. Escarban en las tinturas.
- Quiero lloverme, hundirme en un plenicoito....

El amanecer pone sus manos crispadas en mi ventana. Sus prelagrimales piden ayuda. Patinan sobre los vidrios. Llueve, y las gotas son harpones.
- Amor, yo hablo, porque mis palabras ya no te guarecen. Vuelan en la penumbra. Como vigías que sólo buscaran llorarte entre las flores.

Se sellan las hendiduras del poema. Caen las sábanas llenas de nuestro sexo. Allí expira el único calor que le diste a mi corazón. Por el tragaluz, veo flotar partículas de sangre rojiza. Nadan en un río de años que ya nunca me recordará.