miércoles, 12 de septiembre de 2012

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Amaban agujereados. Bajo el aire detenido de un cielo pálido. Empuñaban su ternura como una espesa leche entre una ausencia y otra.

- Quiero morir como un animal diminuto muere en un cuento para niños...
- Pronto deberás dejar tus memorias. Creaste algo terrible, pero lleno de hermosura.

Y Serge arrimaba su luz a la ventana. Quería darle de amar dos o tres besos más. Afuera, su alma era una gota oscura. Estaba sola.
Ahora, la realidad vive en una nube abandonada por lo sólido.
- Serge, expresas tanto, que ya no te animas a oir cuando te llamo. Mis palabras son fantasmas que se mueren de presencia... y tú ni te enteras.

Hay un rostro que se asoma con un día que se abre en dos noches iguales. El corazón de Rocío no late, pero se parte y se cierra.
- Mis manos también están enamoradas. Las miro cuando hordas de huecos asisten a mi interior, torcido de tanto abrazar tus sombras.

En una sociedad de suicidas anónimos un alcohólico pide la luna.
( Dice que morir es sólo cerrar la memoria. )

Siente en los huesos una llovizna cuando escucha su nombre. Luego, se le hinchan los senos bajo la clausura cerrada, y dichosa, de sus pezones.

Afuera se reparten disfraces para morir a quienes quieren estarse, pero queriendo irse.
- A veces, en la noche, sueño que en mis labios se queman esas sílabas tuyas que ya no me copulan más.