martes, 4 de septiembre de 2012

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Si suspiraras en mi corazón y me ayudaras a escribir palabras. No deseo más de no poder más escribir. Si un ruido tuyo se uniera a mi ruido oscuro, ahí mismo te dejaría un sitio reducido donde cantar. Donde tu voz, como un fantasma blanco, me dijera que aún cree en nuetras noches.
Hoy fui al hospital. Ahí veía una loba pálida enterrarse como una flor azul en mis juicios. Eras tú, Rocío. ¿ O eras tu ausencia ampliada ? No sé. Me decías que trabajabas mucho desde que se te extinguió mi sombra. Y que soñaste conmigo. Que yo poseía el estar en tu ser de mi dolor.
 
No quiero morir. No voy dejarte nunca sin mis palabras.
 
Tu silueta pasa y yo no puedo borrar mi silueta. ¿ Murió acaso en una foto tuya ? Sus bordes lloraron más que en toda una existencia junta.

Curioso diario éste. Hay vientos en su movimiento a frase que no quiere existir más allá de ella misma. En cada espacio en que nace, se encierra en una idea fija.

- Concha de interior de criatura humana...

- ¿ En qué piensas secreto ?
- En que nuestro jardín es el misterio del mundo. Pero le falta el mango... ese es el lugar de nuestras citas.

Serge entra por fin al suicidio del nacimiento. La noche se hace densa en el fondo rojo del mar.
Es la sangre que está ahí para que busque a quien la busca para concluirse luego.
 
Hay una sirena hecha de barco roto. Le habla a una madera húmeda. Muerde en la espuma a las criaturas en erección de su alegría antigua.

Una mujer verde se abraza a un rinoceronte que agoniza en su grito. Nada es visible sobre la tierra.

- Más allá de cualquier zona prohibida habrá un espejo para tí, Enrique.

Pero el autor se calla en el silencio de su nombre. Ella lo sigue, pues debe quedar abajo del paso del tiempo.
- Me hiciste una chica calcinada.