lunes, 16 de abril de 2012

85

Un día entraste a mi cuarto. Yo rozaba apenas los quince. Te paraste en el umbral. Estiraste el cuello para ver como dormía en la cama. Me saludaste sólo con una mano.
( Padre, hoy vuelvo a llorar mientras lo escribo ).
- Prefiero atenerme a una verdad más perdurable, señala entonces Serge.

A Rocío:
" Tu nombre calienta el mundo y se pone
Descansa en mi corazón
Si te muero
No tendrás nódulo todavía
Y lo que estás por decir
será como un largo río ".

" Serge, tu madre es infinitamente buena contigo, es verdad. Pero a mi modo de ver, todo se halla referido a tu progenitor ".

Cuando ambos se separaron quedó un arbolito sin hojas.
En un callejón un niño adopta una actitud de terquedad, ajeno, buscando equilibrio en una palabra sensata. Pero los ruidos no lo dejan. Son todo el día que huye empujándolo.

Arde, me arde.
Lo que tú debiste conquistar mediante la lucha, tuvo el fruto que enfrentarlo más tarde, en la edad adulta, con armas infantiles.
Pero... qué saben ya los hijos.

En los labios de ella puso mi boca un sueño con resabio a puerto triste. Sopla en mi corazón su retorno en un ruido a ruedas de tren.
Es la ausencia extendida que atardece. Su saliva se puebla de planetas de plata.