La curva semillosa de tu vulva traslada el beso más profundo de mi boca. Y quieres mi voz arqueada rodando con las aguas en tus labios duplicados. Y su respiro matutino es tu manzana sabrosa.
Un trébol roto de ternura para tí y para mí. Tus muslos son montañas gimientes frente al castaño oscuro que busco desde el otoño dentro de tu sexo...
( Es por esa dulzura de champagne amarillo que nace cuando me empiezas a recordar ).
Ahora mi nenúfar se coagula en tu ombligo de estrella y confitura.
- Mírame el pecho...
Un trébol de cuatro hojas se agita. El tremendo espesor de un pezón. Que trota en las gotas de ese mar que calla y se une a la piel de tus pechos que lo traspasan.
La arena se perdió, contorneándose sobre las huellas de mis caricias.
Serge, ese jinete con interruptor de brisa soleada para tus orgasmos. Ese que se parece tanto a tu quejido largo y abierto. A tus piernas gemelas, blancas y aradas.
Y sin embargo, la noche sufre.