Lloremos nuestra carne transbordada. Lloremos de la mano. En línea recta. En medio de la calle. Con lágrimas a lo largo del aire. Mi vida, déjame doler en mi casa. Ácido. Alguna vez oculto, pero sin malla. Con mi voz en tus pezones. Y destilar los cimientos de la humedad, esa que te corre por los muslos. Déjame en la postura abandonada de tu talle exhibido.
Rocío tiene musgo y caderas desatadas. Y labios hechos para inviernos y veranos que se salen de su entrepierna. Hacemos con ellos una estación de trenes. Es donde mi sexo y las raíces de su amor entran al lugar de partida. En el caviar de su orgasmo. En el lenguaje perdido cuando ella se abandona muriendo en mi boca.
- Serge, quiero morder hasta tu sombra...
Ambos guardan silencio. Y hay un pensar desmesurado.
Por mi parte, no puedo más.