Un resplandor a la salida de sus pasos. Un taxi vertido entre la multitud. La palidez de los rostros y cuatro “niñas” transitando. En mi semblante hay trozos del paraíso. Un canto engrisado en mi deseo más profundo. Nadie tiene color trás el aire. La ciudad es una puerta cerrada. El reino de las edades se queda tatuado de presencias.
Serge cierra su pulso como una puerta al viento. Ahí está Rocío. Ardo en el canto de un cisne. Quisiera vivir siempre en sus manos muertas. Me vió. Me hundió. Soy un nacido de su irse. Debo olfatear todas las sombras que se hallen enteras. En la bocacalle, una mujer es bruma sobre las piedras del pavimento. Quiero ladrar. Hacer un círculo con toda mi existencia junta. Sus ancas están desiertas. Más allá de mí, en su rostro, pasea otro rostro desaparecido.
Me mira.
Los habanos son hoy vagones que ruedan.
Y se venden aceitunas.