“Que se atrevan a meterse en mi poesía”, así pensaba aquel peatón abisal.
Era el prólogo de aquel atardecer. Sus pasos de triste mariscal avanzaban dejando bajo ellos la interpretación analítica de sus propias huellas. ( Sí, las mismas que siempre lo soñaban ).
Un vació gris, un desfiladero, empezaba a rozarse bajo el peso de la luz.
En el tercer piso Rocío lo esperaba. Serge se le entraba por las pupilas. Le ponía una oreja en la risa interior. Y con el pulso aceitado, esas ancas tuvieron el súbito desbandarse de la niña que ya fue. La carne de sus labios crecía en su sexo. Imposible un soplo desnudo mejor para esa pulpa entreabierta...
Eran sus pezones manzanas encendidas, pechos fosforescentes para ser bebidos a pedacitos.
Eran sus pezones manzanas encendidas, pechos fosforescentes para ser bebidos a pedacitos.
Para cuando Serge subió la escalera, las ventanas ya despedían un aliento a mujer.