Un café lleno de vientres vacíos, iluminado por un cielo de formas deterioradas. En él se suceden, distorsionadas por el humor, las más variadas representaciones de un mundo abierto a la aventura.
Y los muros son transgresibles como gotas de agua en una ventana.
Una pareja de enamorados desnudan su mirada por todas partes. Con lentejuelas entre ojos y el tono fatigado de su respiración gris, se espían las madrigueras del corazón. Mientras, ya ha pasado un traseúnte que ha cerrado la puerta.
Y Serge. Y su capacidad entusiasta de contemplar como se muere de orfandad. Ese poeta que descubre por primera vez el orgasmo, la jirafa... o a Venus en una lapicera. Cortapapeles, ceniceros, o la hormiga a media luz.
Sus labios eran tapices de azúcar entre gemidos con sueños de esperma. Las lenguas, almohadas donde se echaba el alma, resquebrajada, a descansar. Donde se tocaban sus orillas las salivas entre cantos ahogados.
La ansiedad por el mundo estaba sumergida, predestinada a ahondar el silencio.
¡ Labios de mujer, esos barrios/ventana !
Serge, el destino es la única ciudad viviente que sonrie cuando las criaturas del otoño la abandonan en silencio.