martes, 28 de diciembre de 2010

6.

No es noche para enterrarse en el cajón de un interrogante, Serge.  Hay que mirar la imparcialidad de un cuarto de hotel por el ojo de una cerradura. Hacerlo con un deseo respirable. Ver crecer hasta mis ojos la figura de su cuerpo. Y su rostro, que ruede por el mío con sonrisas que sobrevivan a mis ojos. Y en la noche densa, deshojar su sexo abierto desde el vestido.
Rocío.
Mi Rocío. Rocío de labios sobre el parque de los míos. Como un jardín de música mojada para en sus bordes decirle:
- Cúrame, Rocío.
Y con el gesto de su voz, cubrirme hasta el fondo. Adentro del viento, y con palabras doradas. Sobre su cama apenas colorear el deseo para que vuelva a salir a respirar. Con trazos que duren. O tal vez pintando mares entre caderas.
Me encantaría esa copa gestada en soledad. Tan solo con su sexo. Su vagina adormecida hasta la base. Estar ahí, en su río de entrepierna.


Lo cotidiano, sin embargo, pasó por la felicidad haciéndose el distraído. Las casas ya eran dados alineados en las narices de cada estrella. 
¡ Como para estamparse en un envión de olas contra el firmamento ! 
O Enyodarse, pero de algas colgadas en las narices de algún muro de piedra.


Entonces, el poeta apagó sus calorías.