El ego de nuestro amor se encajó en la muerte, se desnudaba en su propio sueño, quiere yacer en el centro de donde emerge la unión de nuestras mutuas caderas, acariciarse en las recámaras labios adentro, relamer lo difuso y perderse en una resonancia buscona de deseos, hay un lugar del silencio para hablar con tus heridas, para perder mi rumor interior en tu niebla hundida, hay un gusto a madrugada que nos abre el cuerpo al viento, y nos apaga después, como una muda dulzura que nos alumbre sin luna, hay ceros, llenos de poesía con secretos detenidos, porque tú estás en el color del eco que se sale de las cosas, tiemblas y es tu pelo el que me habla, "recórreme la duración de tu presencia", me dice, y entonces me das una copa de latidos de brisa tatuada, y sujeto mi alma que se cae a goterones desde tu piel, parpadea el misterio, pone sus manos en tu pecho, te clavas en mí porque respiras mi memoria sin aguas, yaces, bajo la luz de quien lloro por ti, ves caer un fluido sordo que ahonda el rumor de tu ausencia, se tensa en la masa del tiempo, es como una impureza de sabor amargo que mira bajo la lluvia, inmóvil, atónita y enamorada, lívida por conocer la unidad tan suave de la ausencia si es respirada despacio, tu ternura despierta en los gritos del mundo, pone una región de certidumbres en mi sed erecta, injerta su gesto de afonía en el rizo de mi vacío, una sílaba espera, desencadena un gemido que danza en la clausura de mi nada, entonces bailamos sobre diademas caídas, sobre distancias de olvidos transparentes, la asfixia se hace blanca, bebemos sus licores, la nada vacía la sombra del vaso, avanza, en forma de objeto al que amar, la duda se empina en silencio, el miedo reposa recogido en la caída de la muerte, las distancias se alejan, tanto, que se han perdido en la amnesia de su ausencia, pero tú y yo... recogemos certezas en la espuma.