Entre tantos oficios abrirle los brazos a la suavidad del alma, y ser el mimo de la ternura que se despide del beso, y se disipa, y se inscribe en el aire, entre tantos oficios, quiero tirarme a la muerte, para hablarle de la infancia que nunca tuvo, y en su tiempo muerto, latirle un metro de piel fría, quiero hacerle con mi vocabulario un espléndido palacio de papel, donde meter el amor que siento por ti, para que con ella seas dueña de mis cenizas, las dos, y yo ido en medio de su otoño y de tu fuego, calentar el frío que late sobre nuestros sueños rotos para luego perderme, confundirme en ese rumor interior que dice que nunca te he tocado, como será moverse en tus caderas, y cuidar el olvido juntando nuestras bocas, Rocío, ¿ me comerías entonces pedazo a pedazo ?, ¿ hundirías tus rodillas en mi rumor interior ?, sí; te extraño mucho, pero acerco tus instantes, y me quedo con su cáscara en la mano, con esa melancolía que impregna sus orillas, y se reúne con el frescor que agitas cuando tiembla la cisterna de tus muslos, y entro por tus piernas adheridas a mi orquestal cabello, y me lluevo como nácar de agua que calienta tu corazón, y entro en tu nimbo con eclipses, y me parto la conciencia metido en el centro de tu desnudo fluvial, ruedas entonces, con las sábanas por el suelo, entreabierta y manejada, ahora amo tu primera persona del singular, tu yo de piedra para que lo enlute a sorbos, con sus nublados gestos prolijamente exactos, y ese escalofrío que lacio te deshabita, cenicienta telúrica que abandona a las 12, fondo de brotes al alba, los días se nos caen, serios como pechos al tacto, que nadie salva por invisibles, por viva mezcla de puentes de yeso inmóviles entre respiraciones de superficie pálida, entonces un río nos escarba, y lo incierto de nuestra ausencia deserta, está oscuro y tú quieres entrar, vestida...has dejado tu almohada para nadie.