martes, 2 de octubre de 2012

109

Silencio salado. Mar con perfume a lechuga. Y las olas que esconden sus muertos. Un racímo de sal azul salta midiendo el aire como un gran loco. Loco de escribirme para tí.
La canción de Serge y yo, de nosotros dos, se interna a pedacitos.
Ella ya no está. Me vive sola en un acudir adonde ya no hay dónde.
 
El recuerdo cae en su propio olvido. El amor estira las piernas y piensa con los dedos.
- Autor, autor... debajo estoy yo, autor.
Me abrazo a la Tierra. Derrepente, las estrellas despiden un olor picante. Es la ausencia que echa flores sobre el silencio.
 
- Probablemente, la angustia de días anteriores, me lastimó con las manos atravesadas por un gemido misterioso.
 
Cuando miro el reloj, su partida me dice, "¿ qué tal ?". 
( Es que su voz es la hija de lo más bello que jamás escuché ).
 
Serge busca un lugar donde descansar. Se acuesta de espaldas, al borde del camino. La marea estalla. Desatada su espuma. Se destruye en blancuras saladas.
- Si el amor pudiese desaparecer en tu lengua y amarla para siempre. También cuando haya sonrisa. Y cuando no.
( Es de noche, ella se ha perdido sujetando tus adjetivos en la cocina. )
 
Mi nombre, diluido, se pone muy nítido cuando incorporas el calor que me bebes con tu ausencia...