jueves, 27 de diciembre de 2012

121

Tenía la certeza de estar de más en todos aquellos lugares donde los otros respiraban. Mi violenta alegría, metía su lenguaje en las piedras perdidas.
Me senté.
¿ Qué esperaba ?
No, ya no esperaba 
Y entonces miré mi suicidio.

Serge puso su pecho a secar al sol. Así le doraba la penumbra del cuerpo. Y le vendía su luz.
- Demasiadas cosas, demasiado todo, demasiado lejos.
-Tu vida es mi manzana, repuso Rocío.
Y se cerró el sol. ( ¡ Pero ella me lo iluminó con el sentido de ese cierre ! )

"Me esforcé tanto por aprender a llorar", opinó una palabra.
"Ya nada se parece a mi corazón", piensa quien esto escribe.

Un voz que gemía de dulzura se sentó al fondo del lago. Mi suicidio abriría su pecho siempre vestido de rojo. Ella también mandaba volar sus depresiones sobre los tejados del mundo.

- Imagino darle un beso a dientes hechos de ceniza. Jejee, como los tuyos amor.
Su cara sin rostro, en la búsqueda, llega hasta mí.
Es aquí y ahora, donde su piel es carne de mis huesos.

Vestida de negro mira al amor que no supo morir de amor. Y por eso nunca aprendió que estaba triste, porque nunca estaba.
 
- Puéblame, éntrame. Quiero ladrarte, Enrique. Que mi boca estalle en tu boca. Quiero que hundas como un barco el sexo en la humedad más triste. Allí, donde ves casitas que el desaliento desenfoca. Ya nunca miro al interior de tu encanto. Dentro hay una reina muerta...